Cada año, cuando las estrellas del cine español suben al escenario para recoger el galardón más codiciado de nuestra industria, sostienen entre sus manos mucho más que un trofeo: abrazan una pieza de historia, arte y artesanía pura. Los Premios Goya no son solo una cita con el glamur, sino el resultado de un proceso meticuloso que comienza meses antes entre hornos y moldes. Aunque muchos conocen el brillo de la gala, pocos saben que el corazón de estos premios late en una fundición familiar en Paracuellos donde cada estatuilla recibe un trato casi humano antes de ser entregada.
Entender el origen y la fabricación de «el cabezón» —como se conoce cariñosamente al trofeo— requiere viajar al pasado y, sobre todo, poner la mirada en el presente de la Fundición Codina, situada en la localidad madrileña de Paracuellos de Jarama.
El nacimiento de un mito: ¿Por qué se llaman premios Goya?
Para encontrar el germen de estos galardones debemos remontarnos al 12 de noviembre de 1985. Aquel día, el productor Alfredo Matas convocó a un grupo de cineastas en el restaurante O’Pazo de Madrid. Aquella reunión fue la semilla de la actual Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Sin embargo, la elección del nombre no fue inmediata. Durante meses, los académicos barajaron opciones como «Premios Lumière», «Premios Buñuel» o incluso «Premios Soles».
Finalmente, el nombre de Francisco de Goya se impuso por varias razones de peso. Primero, por su brevedad y carácter universal. Segundo, y más importante, por la conexión intrínseca entre la obra del pintor y el lenguaje cinematográfico. Como bien señaló el director Carlos Saura, Goya fue un «cineasta creativo y poderoso antes de inventarse el cine». Su capacidad para observar la realidad de forma implacable y su tratamiento secuencial de las imágenes en sus series de grabados lo convertían en el patrón perfecto para los premios.
De los 15 kilos de bronce a la elegancia actual: la evolución del busto
El trofeo que vemos hoy no siempre ha sido igual. La primera estatuilla, entregada en 1987, fue obra del escultor malagueño Miguel Ortiz Berrocal. Aquella pieza era una proeza de la ingeniería artística: una escultura de bronce desmontable que incluía una cámara de cine y una insignia que podía usarse como pin. Sin embargo, tenía un problema logístico importante: su peso era de 15 kilos, lo que hacía casi imposible que los premiados la levantaran con una sola mano.
Para solucionar este inconveniente, la Academia buscó una estética más clásica y ligera. Se recurrió a un vaciado en escayola original del busto realizado por el gran Mariano Benlliure en 1902. Gracias a la generosidad de la Fundación Benlliure, que cedió el busto de forma altruista, se creó el molde de la estatuilla actual. El cambio fue radical: el peso se redujo a una franja de entre 2,5 y 3 kilos, permitiendo que los ganadores pudieran alzarla al cielo sin dificultad durante sus discursos.
¿Dónde se fabrican los Goya? El secreto de la cera perdida en Paracuellos
La fabricación de los Goya es un proceso que mezcla la tecnología del vacío con técnicas milenarias. En la Fundición Codina de Paracuellos, los artesanos de cuarta generación como Miguel Ángel y su hermana Marisa lideran un equipo que da vida a las 35 estatuillas que se entregan habitualmente en la gala. El proceso es tan complejo como fascinante, respondiendo a las preguntas que cualquier amante del cine se haría sobre su creación:
- El Modelado y el Molde Madre: Todo parte de una reducción en resina del busto original de Benlliure. De ahí se crea un molde de silicona, que es la «madre» de la que saldrán todas las copias.
- La Colada de Cera: El molde de silicona se rellena de cera líquida. Al secarse, obtenemos un Goya de cera que es una réplica exacta del original.
- Retoques manuales: Aquí entra la mano del artista. Miguel Ángel utiliza paletas para corregir cualquier pequeña imperfección en la cera, asegurando que cada detalle del rostro del pintor sea perfecto.
- El Árbol de Fundición: Se montan las figuras en una estructura llamada «árbol» con conductos (bebederos) para que el metal fluya.
- El Horno (Sistema de la cera perdida): El conjunto se recubre de yeso y se introduce en un horno a 730 grados durante dos días. La cera se derrite y desaparece (de ahí el nombre del sistema), dejando un hueco exacto con la forma del busto.
- La Fundición al Vacío: El bronce líquido se introduce centrifugado y al vacío. Esta técnica es la que permite que las paredes de la estatuilla sean muy finas, logrando esa ligereza de 3 kilos frente a los modelos antiguos.
- Cincelado y Pátina: Una vez extraído el bronce, se repasa manualmente con cinceles. Finalmente, se aplica fuego y ácidos para darle su color oscuro característico, un proceso que los artesanos describen visualmente como «dejar a Goya con fiebre» por el calor que desprende el metal.
El toque humano: el ritual del beso antes de la gala
Lo que realmente diferencia a las estatuillas fabricadas en Paracuellos de Jarama es el cariño que reciben antes de salir del taller. Como se puede ver en los reportajes de la fundición, el trabajo no es solo industrial, es profundamente emocional. Marisa, encargada de la parte final del proceso, confiesa tener un ritual sagrado: antes de embalar cuidadosamente cada «cabezón» para enviarlo a la Academia del Cine, le da un beso a cada estatuilla.
Este gesto simboliza el deseo de éxito para el futuro premiado y el orgullo de una familia de fundidores que ve su trabajo brillar en las pantallas de millones de hogares. Las estatuillas se guardan en un lugar secreto hasta el día de la gala, protegidas como el tesoro que son.
En definitiva, los Goya volverán a ser un escaparate del talento cinematográfico, pero también de la maestría artesanal de Paracuellos de Jarama. Detrás de cada «gracias» emocionado sobre el escenario, hay horas de fuego, bronce y el cuidado infinito de unos artesanos que han convertido un busto de 1902 en el símbolo eterno de nuestra cultura.
